Fragmento de una vida

Aún se alcanzan a escuchar a las lágrimas derramadas goteando sobre las múltiples  heridas, y aquellos cansinos lamentos que sofocan el silencio de manera intermitente.

Emergiendo de la oscuridad, se aprecia un rostro comprimido por la presión del vacío, agrietado por la desesperanza que representa el cúmulo de oportunidades perdidas, y temeroso por un futuro incierto que golpea como una ráfaga de viento invernal.

Las multitudes que ocasionalmente aparecen, rodean como un fuego abrasivo, a la figura solitaria, que se pierde en el miedo de ser consumida por dicho fuego, pero que al mismo tiempo anhela su calor.

El final parece no llegar nunca, la tierra no se digna a fragmentarse en múltiples partes y  el cielo no tiene el deseo de lamentarse por aquel ser, la decisión definitiva de lo que ocurra a continuación está a pesar de los pronósticos, en sus manos.

Autor: Juan P.

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Relato: Un encuentro con la oscuridad

El hogar donde uno pasa un tiempo considerable de su vida, suele estar lleno de voces conocidas, de rostros que van y vienen; aún estando completamente solo aún se puede sentir la tranquilidad y la tensión propias de la vida diaria.

Sin embargo este no es el caso, aquella construcción que llamamos casa se vuelve irreconocible ante una oscuridad inusual, una oscuridad angustiosa que asfixia al pobre desdichado que se adentra en ella.  Nuestra habitación, el lugar donde solemos encontrar reposo, donde todo nos es familiar, aquél lugar en el que nos sentimos dueños de cada ínfimo espacio que la compone, se vuelve contra nosotros.

Tan sólo entrar, la puerta se cierra obedeciendo el comando de algo más, algo que se encuentra en ese cuarto; y nosotros sabemos desde ese preciso momento que dicho espacio ya no nos pertenece, si es que alguna vez lo fue, ahora somos meros invitados de un anfitrión al cual no podemos ver, pero que igual podemos sentir en la habitación, en cada molécula del lugar, invadiendo nuestro cuerpo.

En un lastimoso e ingenuo intento tratamos de gritar, gemir y hasta razonar con ese ser incorpóreo, sin embargo de la boca no salen más que débiles susurros incomprensibles que se pierden. Finalmente caemos en la cuenta de que es la propia oscuridad la que juega con nosotros, un ente que por su propia naturaleza es omnipresente y que ha asumido el papel  de un purgatorio eterno.

Este ser no obstante, no está interesado en que paguemos por nuestros pecados en una suerte de justicia divina, simplemente desea exprimir nuestro ser hasta su última gota, arrebatándonos lentamente cualquier rastro de esperanza, mientras nos mantiene conscientes del tormento en el que nos encontramos.

Nos susurra de vez en cuando, para mostrarnos que todo lo que ocurre a nuestro alrededor no es mera coincidencia o un infortunio del destino; mente y cuerpo se rinden ante la desesperación máxima que impregna todo el entorno. Hasta que en un agónico y último intento conseguimos abrir los ojos, nos encontramos nuevamente en nuestra habitación, bañada por la luz natural del día, donde desde nuestra cama observamos que todo en ella ha recuperado su aspecto familiar.

Mientras nos paramos de nuestra cama y abrimos la puerta tan celosamente cerrada en nuestra pesadilla, no podemos evitar escuchar desde los abismos de nuestra mente, una especie de recordatorio de aquella oscuridad que se halla esperando pacientemente por nuestro retorno, y con ansias de que en el próximo encuentro, el despertar no sea más una opción para nosotros.

Autor: Juan Pablo Merino Hernández.