Relato: Un encuentro con la oscuridad

El hogar donde uno pasa un tiempo considerable de su vida, suele estar lleno de voces conocidas, de rostros que van y vienen; aún estando completamente solo aún se puede sentir la tranquilidad y la tensión propias de la vida diaria.

Sin embargo este no es el caso, aquella construcción que llamamos casa se vuelve irreconocible ante una oscuridad inusual, una oscuridad angustiosa que asfixia al pobre desdichado que se adentra en ella.  Nuestra habitación, el lugar donde solemos encontrar reposo, donde todo nos es familiar, aquél lugar en el que nos sentimos dueños de cada ínfimo espacio que la compone, se vuelve contra nosotros.

Tan sólo entrar, la puerta se cierra obedeciendo el comando de algo más, algo que se encuentra en ese cuarto; y nosotros sabemos desde ese preciso momento que dicho espacio ya no nos pertenece, si es que alguna vez lo fue, ahora somos meros invitados de un anfitrión al cual no podemos ver, pero que igual podemos sentir en la habitación, en cada molécula del lugar, invadiendo nuestro cuerpo.

En un lastimoso e ingenuo intento tratamos de gritar, gemir y hasta razonar con ese ser incorpóreo, sin embargo de la boca no salen más que débiles susurros incomprensibles que se pierden. Finalmente caemos en la cuenta de que es la propia oscuridad la que juega con nosotros, un ente que por su propia naturaleza es omnipresente y que ha asumido el papel  de un purgatorio eterno.

Este ser no obstante, no está interesado en que paguemos por nuestros pecados en una suerte de justicia divina, simplemente desea exprimir nuestro ser hasta su última gota, arrebatándonos lentamente cualquier rastro de esperanza, mientras nos mantiene conscientes del tormento en el que nos encontramos.

Nos susurra de vez en cuando, para mostrarnos que todo lo que ocurre a nuestro alrededor no es mera coincidencia o un infortunio del destino; mente y cuerpo se rinden ante la desesperación máxima que impregna todo el entorno. Hasta que en un agónico y último intento conseguimos abrir los ojos, nos encontramos nuevamente en nuestra habitación, bañada por la luz natural del día, donde desde nuestra cama observamos que todo en ella ha recuperado su aspecto familiar.

Mientras nos paramos de nuestra cama y abrimos la puerta tan celosamente cerrada en nuestra pesadilla, no podemos evitar escuchar desde los abismos de nuestra mente, una especie de recordatorio de aquella oscuridad que se halla esperando pacientemente por nuestro retorno, y con ansias de que en el próximo encuentro, el despertar no sea más una opción para nosotros.

Autor: Juan Pablo Merino Hernández.

Escritos en la oscuridad

No soy un romántico empedernido, pero eso no importó a la hora de romantizarte. ¿Acaso no puedo dejar que el choque grisáceo de la realidad desfibrile mi corazón y deconstruya mi espíritu hasta su última partícula? Quizá valoro en exceso la sensación de perpetuidad y desdeño el proceso natural de caos y creación.

Autor: Juan P. Merino.

 

Una partida para dos

Parece que los dos hemos llegado a la misma inescapable conclusión.

Pero somos bastante parecidos el uno del otro y ninguno moverá sus piezas del tablero.

Sí, aquello que llaman enamoramiento puede verse como un juego de estrategia.

La pregunta real en este caso, es si alguno llegará a romper el status quo

y cómo será la forma en que reaccionará el otro, si es que lo hace.

En fin, es bueno saber que, cuando menos, ya hay dos jugadores presentes

en esta partida y no es un solitario más.

Autor: Juan P. Merino

close up of chess pieces

 

 

 

Fragmento de un viaje

 

Tras un largo camino recorrido de varios años

sosteniéndote como un hilo atado persistentemente

a la realidad concebida con tonos y matices particulares.

Observando constantemente como te desdibujabas

y te volvías a recrear desde tus trazos esenciales.

Lamentando cientos de hechos indescifrables

y verdades aparentemente contradictorias.

Fue así que con un simple cambio de dirección

todo lo vivido y no vivido pareció desvanecerse

con una ruidosa quietud.

Los días, meses y años avanzaron como un tren

que se mueve eternamente sin un destino final

y sólo se detiene en ciertas paradas no contempladas

para recojer pasajeros esporádicos y temporales.

El mismo paso del tiempo invariablemente terminó

por marchitar tu fulgurante apariencia, hasta el punto

que hacía dudar de tu origen y razón de estar.

Continuar sin perderse mirando al pasado se vuelve

imperiosa necesidad, de lo contrario nuestra mortalidad

nos termina pasando factura de una manera más dolorosa.

Y a pesar de todo, continúo este trayecto con tu reminiscencia

como equipaje, consciente de que pronto dejaré que se esparza

en el camino transitado, para así finalmente salir en búsqueda de

aquello que sí es real y vívido, y no sólo un vago recuerdo

que no por eso implica que sea insignificante o innecesario.

 

Autor: Juan P. Merino

 

 

 

 

 

 

 

La infalibilidad del azar

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En el azaroso juego de la atracción,
uno lanza los dados
con tal grado de esperanza,
sólo para que al final la otra persona
mire el resultado con indiferencia
y los aparte rápidamente de su vista.

En última instancia
no se puede hablar de certeza
ni pedir clemencia al cielo,
lo único que resta en casos como este
es saber apreciar los pequeños gestos
que da la vida antes y después
de que los dados terminen de moverse.

Autor: Jean P. Merino

Ciclos remanentes

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Quizá esta ciudad no sea lo suficientemente grande

como para dejar de encontrarte una y otra vez

entre una multitud de rostros vacilantes,

o quizá la verdadera razón es que mi ser se muestra reticente

a abandonar la idea de dejar de buscarte incesantemente,

aún estando consciente del enorme abismo que existe

entre tu recuerdo y tu realidad,

todo esto desembocando finalmente

en un equilibrio caótico inmutable

del que soy único testigo y protagonista.